Mi gato se fue.
Solo tomó el camino a la puerta; ganó el pasillo hasta la calle, y simplemente se fue...
Caminó como solo los gatos sin raza lo hacen. Sin apurar su paso y solo él sabiendo el rumbo.
Se fue...
Al rato largo de haberme levantado, noté su ausencia. Su cama vacía, su plato de leche lleno y sus juguetes inmóviles, me contaban que este día habría un dejo de tristeza en mi alma. Mi dulce amigo; mi confidente silencioso de tibios ronroneos y suaves motas de pelo blanco y negro en mi cama, ya no estaba. Atiné a buscar, pero solo yo sabía cómo él pensaba. No estaba donde suele estar, y algo me decía que no buscara; que era inútil...que ya no estaba.
Largo, no se cuan largo fue el silencio y esperar que llegara. Recordar nuestros momentos felices de jugar con su lana, perseguir un ratón, permanecer solamente donde me tocara con su pequeña garra negra y blanca; sin sacar sus uñas, solo para hacerme saber que allí estaba ... y lo acariciara.
Caminé por el barrio, las calles de alrededor, la plaza del ombú y no vi su lomo y cola blanca. Mi vecina de siempre preguntó acongojada, si mi buen amigo estaba en casa, ya que a esa hora solía visitarla.
Pasaban las horas, los días y las semanas, cuando una noche, en medio de mi dolor y mis pocas ganas de nada, mientras recordaba su maullido y su redonda cara, se me cruzó una locura... Me reí de solo pensarla y por haber tenido una ocurrencia semejante, por la apatía de extrañar su partida. Cuando contuve la risa y me dispuse a repasar mi idea, me sentí ridículo, al creer que si cerraba los ojos y me concentraba, iba a poder ver a través de los suyos. ¡Qué disparate!. Me fui a la cama entre la gracia de mi idea y lo duro de su ausencia.
Daba vueltas y vueltas y el sueño que no llegaba. No podía quitar de mi mente la imagen de su dulce cara. Cuando de pronto, como mil flashes estallaron en mi cabeza y con ellos, la secuencia fugaz de unos gatos jugando en un parque, y gotas de lluvia sobre sus lomos barcinos y blancos...
Las luces cesaron. Fueron milisegundos que bastaban para saber que lo que fue instantes atrás una gracia, se produjo como una realidad... Me desperté sobresaltado, con taquicardia y transpirado.
¿Estaré loco por la tristeza y será que en mi dolor veo cosas que no son?
No.
Fue muy claro.
Vi algo que él vio. Era la perspectiva de un gato de su tamaño desde donde supuestamente observaba. Recordé las gotas de lluvia y corrí desesperado hasta la ventana. Llovía, y entonces derramé una lágrima. Había podido estar donde él estaba.
Tenía que encontrar la forma de que esas imágenes regresaran. Poder ver más para saber exactamente donde estaba y así poder ir en su encuentro antes de la mañana...
Me volví a acostar e intenté concentrarme.
Nada...
Cuando menos lo esperaba, como un video...como si fuese gato y caminara, la secuencia en mi mente se sucedió como un muy cortometraje, sin mostrarme mucho de donde estaba. Me entristecí y desesperé al mismo tiempo de que esta locura resultara y al mismo tiempo fuese tan inútil para dar con mi amigo del alma...
Me volví a recostar e intentar dormir. El sueño me ganaba, pero juraba volver a intentarlo en la mañana. Tal vez pude dormir sabiendo que jugaba con otros gatos y caminaba...
No sé cuánto tiempo pasó desde que me acostara, cuando de pronto... en un flash vi ¡¡Mi cama!!. Me veía sobre ella con mi colcha blanca, y era la misma forma en que mi gato me miraba...
Abrí los ojos y lloré porque allí estaba. Con su maullido suave y su dulce cara. Había vuelto por fin a casa. Lo alcé contra mi pecho para que ronroneara, mientras reí y lloré porque allí estaba. Volvió el alma a mi cuerpo y mi amigo a su tibia cama...
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